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lunes, 5 de septiembre de 2016

EE.UU y China sentencian al planeta.

Obama y Xi Jinping


"Algún día veremos esto como el momento en que finalmente decidimos salvar nuestro planeta"






El pasado viernes Barack Obama anunciaba a bombo y platillo que, aprovechando  la cumbre del G20, China y EE.UU. ratificarían el Acuerdo de París, salvando así nuestro planeta. Tras no haber ratificado el Protocolo de Kyoto, el mero hecho de que EE.UU. firme un acuerdo climático puede resultar ilusionante a simple vista para la opinión pública. Además del obstruccionismo de EE.UU., la reticencia de los países no industrializados a transitar vías de desarrollo sin combustibles fósiles, exentos de responsabilidad en su agotamiento y consiguientes emisiones pasadas, invita a pensar que la suma de China es también una grandísima noticia. Pero, ¿sabemos qué es lo que han firmado ambos países? 

Históricamente, los acuerdos climáticos eran denominados como top-down, es decir, una modalidad en la que se establecía un marco global e integrado con responsabilidades diferenciadas entre los países. El Protocolo de Kyoto, el acuerdo más ambicioso hasta la fecha, marcaba como objetivo una reducción del 5% de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a nivel global para 2008-2012 con respecto a 1990, con una mayor responsabilidad de los países denominados Anexo I (los países industrializados).  Sin embargo, el Acuerdo de París ha sido un acuerdo bottom-up, en el que cada país ha hecho su propia contribución voluntaria y en la que todo mecanismo de cooperación internacional no responde a una estrategia global, sino proyecto a proyecto y habitualmente regido por mecanismos de mercado como el comercio de permisos de emisiones.

Por lo tanto, lo que se ha ratificado este viernes es una reducción del 13% con respecto a 2005 por parte de EE.UU y un aumento de un casi 40%* de las emisiones respecto al mismo año correspondiente a China. Es decir, a nivel global, se trata de un aumento de emisiones que tiene doble gravedad añadida: 1/ al establecer 2005 como año base en vez de 1990, las emisiones totales son aún mayores, pues en 2005 fue el año de mayores emisiones mundiales y además desde entonces ya comenzaron a caer debido a la crisis; 2/ Ambos son los mayores emisores de GEI del planeta, por lo que aumentos por su parte también suponen un mayor total de GEI emitidos a la atmósfera, que si se tratara de cualquier otro país.

Emisiones por sectores en EE.UU (1990-2012)

Fuente: EPA Enlace (2014).

El acuerdo no supone un hito que vaya a revertir un modelo de economía fósil sino que más bien, rema a favor de corriente de las dinámicas que impone el diseño de la economía mundial. Es lo que se llaman filtraciones: si algunos países tienen la obligación de reducir sus emisiones y otros pueden aumentarlas, lógicamente se producirá una trasvase de industrias sucias de aquellos a estos. La abolición irrefrenable de las barreras comerciales y de capitales comenzada tras la Segunda Guerra Mundial establece el marco perfecto para dar rienda suelta a estas dinámicas. Un caso extremo es el vivido con el TLC entre México y EE.UU. por el que los productos que consumen los estadounidenses trasladaron su producción al norte de México -las denominadas maquilas- con menos restricciones ambientales y laborales. Curiosamente, la pérdida de este empleo de bajísima calidad está siendo utilizada por el candidato Donald Trump, cuya cruzada racista no se entendería sin tener como poso la seducción a las clases populares que sufren el desempleo y la precariedad en EE.UU. 

De esta manera, el Acuerdo de París es un guante a medida de estas nocivas tendencias. Los países anteriormente conocidos como "industrializados" cada vez serán más países "consumidores" de productos producidos a miles de kilómetros, con menores exigencias ambientales, laborales, democráticas, etc. Según el IPCC, aumentos en las emisiones del volumen que anticipan estos anuncios -y los que están por llegar del resto de países prácticamente garantizan aumentos en las temperaturas de al menos 3ºC, con las graves consecuencias que esto trae consigo: problemas para cultivos importantes para la alimentación, fenómenos meteorológicos extremos, subida del nivel del mar, etc. El acuerdo firmado por EE.UU. y China, por lo tanto, debería ser más una llamada de atención sobre la incapacidad de los gobiernos para poner freno a un modelo socioeconómico que es, a todas luces, insostenible.


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* Asumiendo un crecimiento económico 2020-2030 según las previsiones de la OCDE.

miércoles, 5 de agosto de 2015

TRAMPAS AL SOLITARIO

BREVE DISECCIÓN DEL PLAN DE OBAMA CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

Obama Clean Power Plan
Obama presentaba ayer su Clean Power Plan
El Plan de Obama contra el Cambio Climático ha irrumpido con fuerza y supone un empujón para la política medioambiental –y, por lo tanto, económica- que ofrece ciertas esperanzas para la Conferencia de París del próximo otoño, al menos en cuanto a la predisposición del mayor contaminador del planeta. Una cita que se ve desde el movimiento ecologista con la desesperanza de quienes han seguido una sucesión de “oportunidades perdidas” en los últimos años, conferencia tras conferencia.

El Clean Power Plan de Obama plantea una reducción del 32% en las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) para el año 2030 gracias a la promoción de las energías renovables, la eficiencia energética y el abandono de las energías sucias. De antemano, luchar contra el cambio climático a través de una transición energética es el mayor de los aciertos del plan, pues el 84% de las emisiones de GEI en EE.UU. proviene del sector energético (2013, EPA). Por desgracia, esto ha de ponerse en contexto para poder juzgar el plan con rigor.

Según la EPA (Agencia de Protección Ambiental de EE.UU., en sus siglas en inglés), el 80% de los GEI emitidos en EE.UU. provienen de la utilización de combustibles fósiles. Aunque en el plan se habla del sector energético, en realidad se está refiriendo a la generación de electricidad. Buena parte del consumo energético se produce en el transporte o en la calefacción de los hogares, donde son importantes el petróleo y el gas natural, dos de los combustibles fósiles (faltaría el carbón, con más implantación en la generación eléctrica), por lo que queda fuera del plan una parte importantísima de las emisiones de GEI. Obama aprovecha la explosión del fracking, con la que EE.UU. ha conseguido aumentar de forma explosiva su producción de petróleo no convencional y gas natural. Las emisiones por carbón se han reducido en los últimos años por este desplazamiento hacia el gas natural, algo que Obama no ve con malos ojos a pesar de que –aunque menor- también es fuente de emisiones y de que los expertos calculan que antes de finalizar la presente década, la extracción mediante fracking comenzará su declive. 
Los planes de transición hacia economías bajas en carbono tienen como objetivo de fondo alcanzar el objetivo, definido por el IPCC, de tratar de evitar que el calentamiento del planeta supere los 2ºC respecto a los niveles preindustriales. Para ello, se calcula que es necesaria la reducción de emisiones de GEI hasta alcanzar una concentración de los mismos en la atmósfera inferior a las 350 ppm, sabiendo que recientemente superamos las 400 ppm. La comunidad científica calcula que para lograr este objetivo, es necesaria una reducción de emisiones en 2030 del 40% respecto a los niveles de 1990. La reducción prometida por Obama falla en este objetivo por tres razones: 1/ La cifra (32%) ni siquiera alcanza la necesaria; 2/ la reducción se plantea respecto a los niveles de 2005, año en que se alcanzó un máximo en esa variable, lo que implicaría una cifra menor respecto a 1990: tan solo el 20%; 3/ además, el 32% de reducción no se dirige a las emisiones de toda la economía, sino tan solo al sector energético, lo que hace que la cifra final sea todavía inferior a ese 20%.


Lograr una transición hacia una economía hipocarbónica exige esfuerzos mayores en la reducción de emisiones, quedándose el plan de Obama bastante lejos (menos de la mitad) de los objetivos que señala la comunidad científica. Esta exigencia pasa por planes poliédricos, que contemplen todos las caras del problema y no solo una (la generación eléctrica). El fomento de las energías renovables y la eficiencia no bastan para lograr el tercer objetivo de abandono de las energías sucias (combustibles fósiles y nuclear, pero este es otro tema). Esto debe ir acompañado de un urbanismo más compacto que reduzca las necesidades de transporte, el fomento del transporto público, la electrificación del transporte en su conjunto, la reducción de los requerimientos de energía y energía sucia de los hogares a través de la energía solar térmica y el diseño inteligente,  el fomento del comercio local, el abandono de la agricultura industrial fuertemente dependiente del petróleo y la vuelta a los eficientes métodos de la agricultura tradicional, y un largo etcétera de medidas que no solo serían más eficaces en la lucha contra el cambio climático, sino que contribuirían al bienestar más inmediato de la sociedad.

jueves, 9 de julio de 2015

Pensamiento mágico (I): la tecnología al rescate


LAS INEFECTIVAS (Y DISPARATADAS) SOLUCIONES TECNOLÓGICAS A LA CRISIS SOCIOECOLÓGICA

Se calcula que el consenso científico sobre el origen humano del calentamiento global ronda el 97,1%. Los más de 200 años quemando carbón, petróleo y gas natural emiten partículas (el 80% según la Agencia de Protección Ambiental de EE.UU.) de Gases de Efecto Invernadero (GEI) que se acumulan durante centurias en la atmósfera, calentando el planeta.

Estas dos crisis paralelas, que se retroalimentan, de recursos (pico del petróleo) y de residuos (gaseosos:el calentamiento global) despiertan el temor -real- del colapso, difícil de asumir por un imaginario colectivo que tiende a defenderse a través de la negación, rechazando normalmente como catastrofistas estas evidencias empíricas: el negacionismo climático. Esta reacción visceral viene completándose en los últimos años con otras formas de negación, en este caso, de las políticas que exige la transición. En particular, la creencia de que, aunque no exista aún, tendrá lugar alguna revolución tecnológica que vendrá a salvarnos en el último momento o que, simplemente, la propia lógica de los mercados puede generar los mecanismos para que se complete una transición gradual con éxito. Este tipo de pensamiento mágico es tan solo un bálsamo que calma nuestra mayor ansiedad colectiva:asumir que las cosas nunca serán como antes, pues nuestro modelo socioeconómico no es compatible con los límites naturales.

He dividido este post en dos, para hablar en este, tras la introducción, de algunas de las propuestas más significativas provenientes del pensamiento mágico asociado a la tecnología. En un siguiente post se abordarían los límites de los mecanismos de mercado para hacer frente a los retos del futuro próximo, de la mano del fundamentalismo de mercado, tan pernicioso también en otras esferas de la vida.

Petróleo no convencional: juntar el hambre con las ganas de comer.


El petróleo convencional alcanzó su extracción máxima en torno a 2006, según la AIE (2010). El petróleo convencional es el que mayor rentabilidad energética ofrece (energía obtenida por unidad de energía empleada para obtenerla) y el de menor coste de extracción.

El petróleo no convencional ha logrado aumentar las reservas de petróleo a través de una inversión tecnológica que permite acceder a reservas antes tecnológicamente inviables como el petróleo o gas que no se encuentra en grandes bolsas sino incrustado entre los poros de las rocas (fracking) o que se encuentra en aguas muy profundas. Todo ello hace que la rentabilidad energética y económica de su extracción sean decrecientes, una especie de frustrante huida hacia delante, remando para ahogarnos en la orilla.

Además, la extracción mediante fractura hidráulica genera importantes problemas medioambientales, entre los que se cuenta una mayor emisión de GEI (en particular, metano) y sus pozos están sujetos a tasas de declive exponenciales, algo que augura el fin de la euforia de la "América Saudita" para antes del final de esta década. Estamos haciendo un pan como unas tortas. 

Geoingeniería: Guerra Fría contra el clima.

Durante la Guerra Fría se barajó la posibilidad de utilizar el clima como un arma contra el enemigo, generando tormentas en rutas de suministros o sequías en zonas de cultivo, por ejemplo. En este caso, la contienda no es ente dos naciones, sino entre la humanidad y nuestro propio planeta. Se trataría de enfriar el planeta emulando la acción de los volcanes, utilizando diversas técnicas para evitar que los rayos del sol alcancen la superficie con la misma intensidad. Algunas de estas técnicas consisten un fumigar las nubes con aerosoles de sulfato u otras tan disparatadas como establecer una barrera de satélites con espejos alrededor de la atmósfera. 

Estas técnicas presentan algunos límites muy importantes. Para empezar, una vez comenzado no podría detenerse, pues el enfriamiento es artificial y, si se detiene, las temperaturas cambiarían bruscamente a su estado habitual (han crecido 0,8ºC y se espera que durante este siglo se superen, al menos, los 2ºC si no se cambian las cosas) lo que desembocaría en una crisis climática menos gradual y más disruptiva. Por otro lado, se muestra profundamente inequitativo, pues al comenzar a ponerse en práctica, como los propios geoingenieros admiten, se producirían sequías persistentes en África y el monzón podría desaparecer o, al menos, verse perturbado. De esta manera, los costes del cambio climático serían asumidos por las poblaciones que menos responsabilidad han tenido en la creación del propio problema. Es como si tratáramos de evitar que viertan veneno a través de un embudo sobre nuestra boca tapando el orificio de su extremo (las consecuencias), en vez de dar un manotazo a la bote del veneno que se está vertiendo (las causas). 

Secuestrando CO2 (y con síndrome de Estocolmo)

Como la economía mundial tiene una dependencia patológica del petróleo, hay quien piensa que mejor que desengancharnos de nuestra particular droga, reduzcamos sus efectos sobre nuestro organismo para poder seguir disfrutando de ella. Se trata de capturar (sequestration) el carbono liberado por el sistema socioeconómico antes de que llegue a la atmósfera. 

Richard Branson, CEO del gigante Virgin (que ha saltado del negocio audiovisual al aeroportuario) lanzó el Earth Challenge, premiando con 25 millones de $ a quien fuera capaz de desarrollar un combustible limpio y viable para la aviación. Si el premio quedaba desierto, como aún sigue hoy, no había problema, pues el Plan B sería seguir emitiendo GEI con su flota de aviones, pero buscando capturar el carbono. Pues bien, no solo la tecnología de captura y almacenaje de CO2, la esperanza que se convirtió en decepción, es todavía insuficiente para succionar una cantidad significativa de gases, sino que la economía de mercado hace aparición para obstaculizar este desarrollo tecnológico, algo en lo que profundizaré en el siguiente post. Esta tecnología es extremadamente costosa y necesita clientes con los que financiarse, por lo que ese CO2 ha de comercializarse y la respuesta es...¡usándolo para extraer petróleo!, quemándose nuevamente en el proceso y acelerando las emisiones, pues el destino inexorable del petróleo extraído es quemarse en el motor de un coche o en un horno industrial. Una solución limpia, completa y elegante, sin duda.

Efecto rebote: dinero llama a dinero

La eficiencia energética es la fibra sensible de todo optimista tecnológico. Sin duda hay que hacer esfuerzos en mejorar la eficiencia energética (reducir la cantidad de energía necesaria para nuestra vida: iluminarnos nuestros hogares, cocinar...) pero, de nuevo, nos encontramos con un nuevo límite: el efecto rebote. Este efecto nos enfrenta con una realidad sarcástica, por cuanto las mejoras en la eficiencia energética activan reducciones en los precios que, en cómputo global, suponen un aumento de la demanda con la que la energía consumida es mayor después de la innovación que antes. Pongamos un ejemplo:

Los incrementos en la eficiencia energética en el transporte por carretera (millas por galón de combustible) se traducen en un aumento de las millas recorridas anualmente por los coches estadounidenses en el período analizado. O dicho de otro modo, las mejoras en la eficiencia inciden en un menor precio de la energía, lo que estimula su demanda al alza, compensando y sobrepasando la ganancia de eficiencia inicial.

Otros bálsamos contra la transición

El avión solar: El Solar Impulse es un avión que ya se ha probado, cuenta con más de 17.000 células fotovoltaicas en sus alargadas alas. Han logrado una densidad energética en sus baterías de litio suficiente para lograr almacenar energía para volar de noche. Sin embargo, su velocidad máxima son los 140 km/h, pero con solo dos personas a bordo. Con una prudencial cifra de 50 pasajeros (sin contar auxiliares de vuelo), el peso del avión se duplicaría, lo que descarta su viabilidad comercial por sus implicaciones sobre su velocidad (y quién sabe si sobre su propia capacidad de despegar). La cosa va lenta, muy lenta, y los aviones continuarán quemando queroseno crecientemente durante décadas (como poco y siempre que no se produzca un colapso antes).

La fusión nuclear: La energía nuclear actual se produce mediante la fisión (ruptura) de los átomos. La fusión nuclear implica la generación de  una energía "tan barata que no podría medirse" mediante el proceso inverso, emulando las poderosas reacciones que tienen lugar en el Sol. El problema es precisamente ese: la dificultad radica en obtener las altas temperaturas que requiere. "A la fusión nuclear siempre le quedan 50 años" y, de hecho, el programa ITER no deja de posponer la fecha objetivo para lograr dar con la clave para obtener esta energía. ¿Tenemos que seguir esperando a que suceda el milagro?

Tonto el último; la terraformación: La quintaesencia del negacionismo, es la búsqueda de otros planetas para su colonización. No solo es ciencia ficción -el último ejemplo lo tenemos en la genial Interstellar- sino que ya hay planes reales de terraformación de Marte. Qué duda cabe de que es imposible, pero por si fuera poco, el MIT ya lo ha desechado.

Este disparate es el que nos pone más alerta acerca del negacionismo. Nos da más miedo cambiar nuestro modelo socioeconómico para dejar de modificar el clima hasta el punto de tener que modificar el clima de otro planeta para poder habitarlo. En realidad no es una cuestión de preferencia, sino una huida hacia delante guiada por los mercados capitalistas, de lo que escribiré en el siguiente post.


*Muchas de las informaciones no referenciadas provienen del libro "Esto lo cambia todo: el capitalismo contra el clima", de Naomi Klein.





















sábado, 22 de noviembre de 2014

Interstellar en clave de transiciones

Además de críticas cinematográficas, han proliferado artículos en blogs acerca de la verosimilitud y corrección científica de la película, como esta de Arturo Quirantes (@elprofedefisica) o esta otra de Daniel Martín. En general, se podría decir que las calificaciones podrían catalogarse como 'brillante', en la categoría cinematográfica, y 'correcta aunque con licencias' en la categoría astrofísica. Aunque comparto ambas visiones, no voy a tratar sobre ellas en este blog sino que, haciendo un paralelismo con estos 'tests' de verificación científica, trataré de dar una lectura de la película desde el ángulo de su cercanía o lejanía con todo lo teorizado en torno a las transiciones y colapsos civilizatorios.

Una crisis con dos caras

Interstellar
El núcleo de la película reside en la tragedia que, como especie, representa el hecho de tener que abandonar el planeta que ha albergado nuestras vidas durante miles de años. El desencadenante de esta dramática situación no es otro que el de una crisis de recursos, acompañada de otra crisis de residuos. El paralelismo que se traza desde el ángulo de la economía ecológica entre ambas crisis y la dupla 'pico' del petróleo y cambio climático es evidente.  La contaminación atmosférica ha llegado a un punto de no retorno que se materializa en frecuentes tormentas polvo y en una escasez persistente de alimentos. A pesar de la coincidencia en la tipología de las crisis que motivan la transición, mientras que en Interstellar es la concentración de nitrógeno en la atmósfera la que presumiblemente causa el agotamiento de los recursos (en este caso alimentos), en la realidad es el agotamiento de los recursos (los combustibles fósiles) el que libera a la atmósfera los gases (entre ellos el nitrógeno) que provocan el cambio climático y, en última instancia, amenazan la propia supervivencia del ser humano.  Aunque la película no es clara al respecto, podría encajar con exquisita verosimilitud la premisa de que nos encontramos en un escenario futuro en el que hemos quemado los suficientes combustibles como para que las concentraciones de nitrógeno (liberado en gran medida por los vehículos de combustión interna) en la atmósfera afecten al crecimiento de especies vegetales de importancia agrícola, pues estas es, precisamente, una de las principales consecuencias del exceso del gas. 

La vuelta a la agricultura


Por otro lado, cabe destacar que la actividad principal en la economía de Interstellar es la agricultura. La mayor parte de quienes teorizan sobre la transición sociometabólica -aquellas que ponen el foco en la energía y sus tecnologías de conversión- que tendrá lugar, convienen en que la actividad agrícola recobrará el papel predominante que tenía en anteriores etapas históricas. El razonamiento es sencillo y para ello es importante conocer el concepto de Tasa de Retorno Energético (TRE o EROI en sus siglas en inglés: Energía obtenida/Energía invertida). Todos los seres vivos necesitamos aportes energéticos de una manera o de otra, siendo el más básico y fundamental para la supervivencia la energía química que nos proporcionan los alimentos. Si para obtener 100 unidades energéticas de su presa un depredador emplea 50 en darla caza, tendrá una TRE de 2 puntos (100/2). Ese depredador, en la medida en que su TRE es mayor que 1, ha obtenido un excedente energético -de 50 unidades- que podrá emplear en jugar, reproducirse o cazar nuevas presas. En la actualidad, la enorme TRE del petróleo (en torno a 40 el petróleo Saudi) cada vez nos proporciona un menor excedente energético global a mayor coste de extracción, debido a que desde 2006 se extrae menor cantidad de crudo cada año y a que están ganando peso en el total extraído los petróleos no convencionales (con TREs próximas a 5).


Si fuéramos ese depredador, querría decir que cada vez disponemos de menos energía excendentaria para jugar, reproducirnos, cazar, etcétera que, aplicado a la humanidad implica menor excedente para destinar a la industria, el transporte, la tecnología o la propia generación de energía. El margen se achica hasta dejarnos lo justo para producir alimentos y poco más. Sin embargo, en Interstellar, aunque la hipótesis de que el abuso de los combustibles fósiles ha sido la semilla del colapso es plausible, no parece percibirse una crisis de recursos relacionada con el petróleo (incluso parece poder derrocharse como para prender fuego a un cultivo como método de distracción). Al ser el desencadenante del colapso en Interstellar la contaminación atmosférica y no la crisis de recursos, hay que buscar ahí las causas de la vuelta a la agricultura. En este caso, hay que retorcer más la hipótesis para encontrar algo satisfactorio. La alta concentración de nitratos en la atmósfera dificulta el crecimiento de los vegetales de tal manera que podemos suponer que la cantidad de energía y recursos necesarios para obtener la misma cantidad de alimentos se ha disparado hasta el punto de que hasta los ingenieros tengan que ocuparse de los cultivos. Otra pista para asumir esta hipótesis de que la cantidad de energía invertida en producir alimentos ha crecido tanto que incluso ha superado la energía aportada a la humanidad es el hecho de que sepamos que la población mundial ha caído lo suficiente como para que 6.000 millones de personas les parezca una cifra disparatada o que se hayan ensayado proyectos gubernamentales de destrucción masiva de ciudades. Por lo tanto, el escenario es apropiado, aunque las causas no estarían en el 'peak oil', sino en la contaminación atmosférica.

Ausencia de ejércitos e imaginarios colectivos

Sin duda, la ausencia de ejércitos es la más floja de las previsiones del escenario. Un estudio de la UE demuestra que existe una fuerte relación entre los conflictos bélicos y los recursos naturales, especialmente los alimentos. En efecto, Roberto Bermejo (2008) prevé un incremento de los conflictos armados a medida que la energía que nos proporcione el petróleo se torne cada vez menos eficiente para proveernos de alimentos, minerales y recursos naturales en general. Como sucede con el propio petróleo, la escasez de estos recursos no vendrá dada tanto por su agotamiento como por la insuficiente rentabilidad económica y energética de su extracción. Un petróleo (principal fuente de energía) cada vez más caro -a pesar de la coyuntura- y con menor capacidad energética dificultará en tal medida la obtención de los recursos en las cantidades que las estructuras económicas de nuestras sociedades demandan, que los conflictos por el acceso a ellos parecen tristemente garantizados.

Estas estructuras económicas devoradoras de recursos se encuentran legitimadas por altos niveles de bienestar material -sin considerar la distribución de este bienestar entre personas y territorios- durante décadas y por la hegemonía cultural de unos imaginarios colectivos que diseñan y promueven quienes más se benefician de estas estructuras. Cuando una sociedad colapsa, los imaginarios colectivos se agrietan y tienden a desmoronarse. Esta cuestión se encuentra en Interstellar a lo largo de toda la película. 


Una de las notas más curiosas se da cuando nos enteramos, recién empezada la película, que en los colegios de este ficticio escenario, se enseña que la llegada a la Luna del ser humano fue tan solo una campaña de propaganda en el contexto de la Guerra Fría. Tanto si las estructuras de poder previas al colapso han logrado adaptarse a la nueva situación como si estas han sido sustituidas por otras, el imaginario colectivo que las sostenía ha sufrido tal shock que la actual legitimidad ha de apoyarse en la irracionalidad de la etapa anterior para poder sobrevivir. --COMIENZA SPOILER DE LOS GRAVES-- A pesar de esta aparente declaración de intenciones, el desarrollo de la película nos muestra la prevalencia de estos imaginarios: primero cuando el protagonista (Matthew McConaughey), ante las advertencias del director de la NASA acerca del agotamiento del maíz (principal fuente de alimentos en esta ficción), afirma con seguridad que "saldremos adelante, siempre lo hacemos" en un alarde del arrogante optimismo humano de que valiéndonos de nuestro modelo socioeconómico podemos saltarnos los límites que impone la naturaleza; el segundo tiene lugar al final de la película, cuando el protagonista despierta en la estación espacial que lleva su apellido y observa por la ventana un familiar partido de baseball, como si nada hubiera pasado y la vida tal y como la concebíamos simplemente pudiera reproducirse en el espacio --TERMINA EL SPOILER--.  


Interstellar nos muestra la obstinada persistencia humana en negar la posibilidad del colapso de su civilización. Es interesante que el padre del protagonista (John Lihtgow, anteriormente cabeza de familia en Cosas de Mar cianos) afirma que en la nueva situación "no se vive tan mal" y esto nos enfrenta a una realidad: que en el futuro tendremos que vivir más como nuestros abuelos o bisabuelos, rompiendo con el imaginario de progreso lineal imperante. Romper estas barreras probablemente sea lo más difícil de la transición postfosilista, aunque a veces descuidemos esta dimensión: ¿estamos dispuestos, como civilización, a vivir con menos? Es difícil asumir que la dominación del ser humano como especie tiene se parece más a un accidente geológico que a una disposición divina o a la sublimación evolutiva de la especie más fuerte. Ni la visión teleológica del antropocentrismo creacionista ni el determinismo evolucionista pueden explicar suficientemente por qué estamos aquí. Incluso la otra protagonista (Anne Hathaway) lo dice en un momento de la película: "la historia de la evolución no es más que una sucesión de accidentes". Prueba de ello serían accidentes como los procesos de extinción masiva del Precámbrico o el Cretácico y una realidad que nos hace pensar que estemos ante la sexta extinción de la que ya hablé en otra ocasión, la primera provocada por una sola especie: la nuestra. 

Películas de masas (y tan brillantes a la vez) como Interstellar nos tienen que hacer reflexionar sobre la ruptura de estos imaginarios colectivos que son un palo en la rueda de una transición planificada y un acicate para la transición por colapso.