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miércoles, 5 de agosto de 2015

TRAMPAS AL SOLITARIO

BREVE DISECCIÓN DEL PLAN DE OBAMA CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

Obama Clean Power Plan
Obama presentaba ayer su Clean Power Plan
El Plan de Obama contra el Cambio Climático ha irrumpido con fuerza y supone un empujón para la política medioambiental –y, por lo tanto, económica- que ofrece ciertas esperanzas para la Conferencia de París del próximo otoño, al menos en cuanto a la predisposición del mayor contaminador del planeta. Una cita que se ve desde el movimiento ecologista con la desesperanza de quienes han seguido una sucesión de “oportunidades perdidas” en los últimos años, conferencia tras conferencia.

El Clean Power Plan de Obama plantea una reducción del 32% en las emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI) para el año 2030 gracias a la promoción de las energías renovables, la eficiencia energética y el abandono de las energías sucias. De antemano, luchar contra el cambio climático a través de una transición energética es el mayor de los aciertos del plan, pues el 84% de las emisiones de GEI en EE.UU. proviene del sector energético (2013, EPA). Por desgracia, esto ha de ponerse en contexto para poder juzgar el plan con rigor.

Según la EPA (Agencia de Protección Ambiental de EE.UU., en sus siglas en inglés), el 80% de los GEI emitidos en EE.UU. provienen de la utilización de combustibles fósiles. Aunque en el plan se habla del sector energético, en realidad se está refiriendo a la generación de electricidad. Buena parte del consumo energético se produce en el transporte o en la calefacción de los hogares, donde son importantes el petróleo y el gas natural, dos de los combustibles fósiles (faltaría el carbón, con más implantación en la generación eléctrica), por lo que queda fuera del plan una parte importantísima de las emisiones de GEI. Obama aprovecha la explosión del fracking, con la que EE.UU. ha conseguido aumentar de forma explosiva su producción de petróleo no convencional y gas natural. Las emisiones por carbón se han reducido en los últimos años por este desplazamiento hacia el gas natural, algo que Obama no ve con malos ojos a pesar de que –aunque menor- también es fuente de emisiones y de que los expertos calculan que antes de finalizar la presente década, la extracción mediante fracking comenzará su declive. 
Los planes de transición hacia economías bajas en carbono tienen como objetivo de fondo alcanzar el objetivo, definido por el IPCC, de tratar de evitar que el calentamiento del planeta supere los 2ºC respecto a los niveles preindustriales. Para ello, se calcula que es necesaria la reducción de emisiones de GEI hasta alcanzar una concentración de los mismos en la atmósfera inferior a las 350 ppm, sabiendo que recientemente superamos las 400 ppm. La comunidad científica calcula que para lograr este objetivo, es necesaria una reducción de emisiones en 2030 del 40% respecto a los niveles de 1990. La reducción prometida por Obama falla en este objetivo por tres razones: 1/ La cifra (32%) ni siquiera alcanza la necesaria; 2/ la reducción se plantea respecto a los niveles de 2005, año en que se alcanzó un máximo en esa variable, lo que implicaría una cifra menor respecto a 1990: tan solo el 20%; 3/ además, el 32% de reducción no se dirige a las emisiones de toda la economía, sino tan solo al sector energético, lo que hace que la cifra final sea todavía inferior a ese 20%.


Lograr una transición hacia una economía hipocarbónica exige esfuerzos mayores en la reducción de emisiones, quedándose el plan de Obama bastante lejos (menos de la mitad) de los objetivos que señala la comunidad científica. Esta exigencia pasa por planes poliédricos, que contemplen todos las caras del problema y no solo una (la generación eléctrica). El fomento de las energías renovables y la eficiencia no bastan para lograr el tercer objetivo de abandono de las energías sucias (combustibles fósiles y nuclear, pero este es otro tema). Esto debe ir acompañado de un urbanismo más compacto que reduzca las necesidades de transporte, el fomento del transporto público, la electrificación del transporte en su conjunto, la reducción de los requerimientos de energía y energía sucia de los hogares a través de la energía solar térmica y el diseño inteligente,  el fomento del comercio local, el abandono de la agricultura industrial fuertemente dependiente del petróleo y la vuelta a los eficientes métodos de la agricultura tradicional, y un largo etcétera de medidas que no solo serían más eficaces en la lucha contra el cambio climático, sino que contribuirían al bienestar más inmediato de la sociedad.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Interstellar en clave de transiciones

Además de críticas cinematográficas, han proliferado artículos en blogs acerca de la verosimilitud y corrección científica de la película, como esta de Arturo Quirantes (@elprofedefisica) o esta otra de Daniel Martín. En general, se podría decir que las calificaciones podrían catalogarse como 'brillante', en la categoría cinematográfica, y 'correcta aunque con licencias' en la categoría astrofísica. Aunque comparto ambas visiones, no voy a tratar sobre ellas en este blog sino que, haciendo un paralelismo con estos 'tests' de verificación científica, trataré de dar una lectura de la película desde el ángulo de su cercanía o lejanía con todo lo teorizado en torno a las transiciones y colapsos civilizatorios.

Una crisis con dos caras

Interstellar
El núcleo de la película reside en la tragedia que, como especie, representa el hecho de tener que abandonar el planeta que ha albergado nuestras vidas durante miles de años. El desencadenante de esta dramática situación no es otro que el de una crisis de recursos, acompañada de otra crisis de residuos. El paralelismo que se traza desde el ángulo de la economía ecológica entre ambas crisis y la dupla 'pico' del petróleo y cambio climático es evidente.  La contaminación atmosférica ha llegado a un punto de no retorno que se materializa en frecuentes tormentas polvo y en una escasez persistente de alimentos. A pesar de la coincidencia en la tipología de las crisis que motivan la transición, mientras que en Interstellar es la concentración de nitrógeno en la atmósfera la que presumiblemente causa el agotamiento de los recursos (en este caso alimentos), en la realidad es el agotamiento de los recursos (los combustibles fósiles) el que libera a la atmósfera los gases (entre ellos el nitrógeno) que provocan el cambio climático y, en última instancia, amenazan la propia supervivencia del ser humano.  Aunque la película no es clara al respecto, podría encajar con exquisita verosimilitud la premisa de que nos encontramos en un escenario futuro en el que hemos quemado los suficientes combustibles como para que las concentraciones de nitrógeno (liberado en gran medida por los vehículos de combustión interna) en la atmósfera afecten al crecimiento de especies vegetales de importancia agrícola, pues estas es, precisamente, una de las principales consecuencias del exceso del gas. 

La vuelta a la agricultura


Por otro lado, cabe destacar que la actividad principal en la economía de Interstellar es la agricultura. La mayor parte de quienes teorizan sobre la transición sociometabólica -aquellas que ponen el foco en la energía y sus tecnologías de conversión- que tendrá lugar, convienen en que la actividad agrícola recobrará el papel predominante que tenía en anteriores etapas históricas. El razonamiento es sencillo y para ello es importante conocer el concepto de Tasa de Retorno Energético (TRE o EROI en sus siglas en inglés: Energía obtenida/Energía invertida). Todos los seres vivos necesitamos aportes energéticos de una manera o de otra, siendo el más básico y fundamental para la supervivencia la energía química que nos proporcionan los alimentos. Si para obtener 100 unidades energéticas de su presa un depredador emplea 50 en darla caza, tendrá una TRE de 2 puntos (100/2). Ese depredador, en la medida en que su TRE es mayor que 1, ha obtenido un excedente energético -de 50 unidades- que podrá emplear en jugar, reproducirse o cazar nuevas presas. En la actualidad, la enorme TRE del petróleo (en torno a 40 el petróleo Saudi) cada vez nos proporciona un menor excedente energético global a mayor coste de extracción, debido a que desde 2006 se extrae menor cantidad de crudo cada año y a que están ganando peso en el total extraído los petróleos no convencionales (con TREs próximas a 5).


Si fuéramos ese depredador, querría decir que cada vez disponemos de menos energía excendentaria para jugar, reproducirnos, cazar, etcétera que, aplicado a la humanidad implica menor excedente para destinar a la industria, el transporte, la tecnología o la propia generación de energía. El margen se achica hasta dejarnos lo justo para producir alimentos y poco más. Sin embargo, en Interstellar, aunque la hipótesis de que el abuso de los combustibles fósiles ha sido la semilla del colapso es plausible, no parece percibirse una crisis de recursos relacionada con el petróleo (incluso parece poder derrocharse como para prender fuego a un cultivo como método de distracción). Al ser el desencadenante del colapso en Interstellar la contaminación atmosférica y no la crisis de recursos, hay que buscar ahí las causas de la vuelta a la agricultura. En este caso, hay que retorcer más la hipótesis para encontrar algo satisfactorio. La alta concentración de nitratos en la atmósfera dificulta el crecimiento de los vegetales de tal manera que podemos suponer que la cantidad de energía y recursos necesarios para obtener la misma cantidad de alimentos se ha disparado hasta el punto de que hasta los ingenieros tengan que ocuparse de los cultivos. Otra pista para asumir esta hipótesis de que la cantidad de energía invertida en producir alimentos ha crecido tanto que incluso ha superado la energía aportada a la humanidad es el hecho de que sepamos que la población mundial ha caído lo suficiente como para que 6.000 millones de personas les parezca una cifra disparatada o que se hayan ensayado proyectos gubernamentales de destrucción masiva de ciudades. Por lo tanto, el escenario es apropiado, aunque las causas no estarían en el 'peak oil', sino en la contaminación atmosférica.

Ausencia de ejércitos e imaginarios colectivos

Sin duda, la ausencia de ejércitos es la más floja de las previsiones del escenario. Un estudio de la UE demuestra que existe una fuerte relación entre los conflictos bélicos y los recursos naturales, especialmente los alimentos. En efecto, Roberto Bermejo (2008) prevé un incremento de los conflictos armados a medida que la energía que nos proporcione el petróleo se torne cada vez menos eficiente para proveernos de alimentos, minerales y recursos naturales en general. Como sucede con el propio petróleo, la escasez de estos recursos no vendrá dada tanto por su agotamiento como por la insuficiente rentabilidad económica y energética de su extracción. Un petróleo (principal fuente de energía) cada vez más caro -a pesar de la coyuntura- y con menor capacidad energética dificultará en tal medida la obtención de los recursos en las cantidades que las estructuras económicas de nuestras sociedades demandan, que los conflictos por el acceso a ellos parecen tristemente garantizados.

Estas estructuras económicas devoradoras de recursos se encuentran legitimadas por altos niveles de bienestar material -sin considerar la distribución de este bienestar entre personas y territorios- durante décadas y por la hegemonía cultural de unos imaginarios colectivos que diseñan y promueven quienes más se benefician de estas estructuras. Cuando una sociedad colapsa, los imaginarios colectivos se agrietan y tienden a desmoronarse. Esta cuestión se encuentra en Interstellar a lo largo de toda la película. 


Una de las notas más curiosas se da cuando nos enteramos, recién empezada la película, que en los colegios de este ficticio escenario, se enseña que la llegada a la Luna del ser humano fue tan solo una campaña de propaganda en el contexto de la Guerra Fría. Tanto si las estructuras de poder previas al colapso han logrado adaptarse a la nueva situación como si estas han sido sustituidas por otras, el imaginario colectivo que las sostenía ha sufrido tal shock que la actual legitimidad ha de apoyarse en la irracionalidad de la etapa anterior para poder sobrevivir. --COMIENZA SPOILER DE LOS GRAVES-- A pesar de esta aparente declaración de intenciones, el desarrollo de la película nos muestra la prevalencia de estos imaginarios: primero cuando el protagonista (Matthew McConaughey), ante las advertencias del director de la NASA acerca del agotamiento del maíz (principal fuente de alimentos en esta ficción), afirma con seguridad que "saldremos adelante, siempre lo hacemos" en un alarde del arrogante optimismo humano de que valiéndonos de nuestro modelo socioeconómico podemos saltarnos los límites que impone la naturaleza; el segundo tiene lugar al final de la película, cuando el protagonista despierta en la estación espacial que lleva su apellido y observa por la ventana un familiar partido de baseball, como si nada hubiera pasado y la vida tal y como la concebíamos simplemente pudiera reproducirse en el espacio --TERMINA EL SPOILER--.  


Interstellar nos muestra la obstinada persistencia humana en negar la posibilidad del colapso de su civilización. Es interesante que el padre del protagonista (John Lihtgow, anteriormente cabeza de familia en Cosas de Mar cianos) afirma que en la nueva situación "no se vive tan mal" y esto nos enfrenta a una realidad: que en el futuro tendremos que vivir más como nuestros abuelos o bisabuelos, rompiendo con el imaginario de progreso lineal imperante. Romper estas barreras probablemente sea lo más difícil de la transición postfosilista, aunque a veces descuidemos esta dimensión: ¿estamos dispuestos, como civilización, a vivir con menos? Es difícil asumir que la dominación del ser humano como especie tiene se parece más a un accidente geológico que a una disposición divina o a la sublimación evolutiva de la especie más fuerte. Ni la visión teleológica del antropocentrismo creacionista ni el determinismo evolucionista pueden explicar suficientemente por qué estamos aquí. Incluso la otra protagonista (Anne Hathaway) lo dice en un momento de la película: "la historia de la evolución no es más que una sucesión de accidentes". Prueba de ello serían accidentes como los procesos de extinción masiva del Precámbrico o el Cretácico y una realidad que nos hace pensar que estemos ante la sexta extinción de la que ya hablé en otra ocasión, la primera provocada por una sola especie: la nuestra. 

Películas de masas (y tan brillantes a la vez) como Interstellar nos tienen que hacer reflexionar sobre la ruptura de estos imaginarios colectivos que son un palo en la rueda de una transición planificada y un acicate para la transición por colapso.




jueves, 17 de julio de 2014

Última llamada, aprender de la experiencia y cambiar los imaginarios para la transición

Enseñanzas del "laboratorio cubano".


Históricamente, la especie humana ha desarrollado una capacidad patológica para negar de manera instintiva la posibilidad de que nuestra civilización colapse. Durante mucho tiempo, por ejemplo, se negaron los numerosos descubrimientos científicos que revelaban la existencia de procesos masivos y caóticos de extinción como el sufrido en el Cretácico en los que las especies que sobrevivían y recogían el testigo como pobladoras dominantes del planeta lo hacían más por azar que por superioridad biológica (Leakey, Richard y Lewin, Roger, 2008). Detrás de está visión lineal de la historia, que eleva la teoría de la evolución a dogma de fé –paradójicamente tras años de persecución religiosa– se esconde un enfoque antropocéntrico que busca justificar la creencia en que el ser humano es la culminación de este proceso evolutivo, rechazando intuitivamente cualquier advertencia próxima a la noción de colapso, tachándose de apocalípticas. Tras la aparición del manifiesto “Última llamada”en el que se hace un llamamiento –valga la redundancia– a repensar unos modelos socioeconómicos que nos abocan al colapso (agotamiento del petróleo, cambio climático)  este tipo de consideaciones no se han hecho esperar. 

Es el caso del artículo publicado en el blog Politikon, acudiendo a una serie de manidos argumentos eficazmente replicados por David Ruíz en su blog. En el citado artículo, como es habitual, las acusaciones de catastrofismo vienen acompañadas de cerrados –e incluso fervientes– alegatos sobre las bondades del actual sistema socioeconómico pero, sobre todo, acerca de la capacidad de la tecnología para sobrepasar los límites que impone la naturaleza. Parece, según este tipo de críticas, que los llamamientos, siempre apoyados en datos, a revisar unos patrones de producción y consumo que generan impactos en el medio ambiente que pueden desbordar nuestra capacidad para sostenernos en el tiempo como civilización, provinieran de posiciones casi místicas, que desconfían de todo elemento tecnológico y que renuncian al bienestar de la humanidad. Esta asunción descansa en el error de relacionar tanto el concepto de bienestar como toda tecnología, los sistemas y las evoluciones tecnológicas con los patrones en los que se sitúa el actual modelo socioeconómico.

Efectivamente, si asumimos que el bienestar se alcanza, como entiende el artículo de Politikon, a través de un crecimiento material y en un uso de la energía que no puede extenderse en el tiempo, estaremos dándonos de cabezazos con los límites de la naturaleza. Esto nos lleva a la conclusión de que la humanidad no debe necesariamente renunciar al bienestar como tal, sino más bien trasladar el objetivo de la economía a su matriz: satisfacer las necesidades humanas. En este sentido, la experiencia de transición hacia niveles de menor dependencia del petróleo vivida tras su Período Especial en Cuba puede servirnos para extraer algunas enseñanzas de utilidad, tanto de sus luces como de sus sombras, desgranadas estas últimas acertadamente por Emilio Santiago Muiño en el último número de la Revista de Economía Crítica.

La sociedad cubana, obligada por las circunstancias, llevó a cabo una transformación de gran calado. Se descentralizó la producción de energía con pequeñas plantas más eficientes que las viejas centrales construidas con anterioridad al que denominan como Período Especial, se estimuló la actividad económica en el mundo rural y se transitó hacia un modelo agrícola ecológico con aportaciones de la permacultura, que representaba en 2008 en torno a un 80% del total (Bermejo, 2008). La agricultura cubana, orientada anteriormente a los monocultivos para la exportación de azúcar, caminó hacia un modelo en el que, en 2006, el país producía el 65% de los alimentos que necesitaba para cubrir sus necesidades, descendiendo la dependencia de importaciones en las últimas décadas (Murphy, P. y Morgan, F., 2013).  Al abrazar los principios de la agroecología, Cuba apostó por un modelo menos intensivo en la utilización de un petróleo (pesticidas, fertilizantes, transporte) del que carecían, contribuyendo con ello a una mejor seguridad y soberanía alimentaria, así como a reducir drásticamente su huella ecológica y la brecha entre esta y su biocapacidad.



Fuente: Global Footprint Network

El agravante de la situación cubana por el bloqueo comercial de EE.UU. fue contestado con acuerdos de cooperación con otros países del entorno, con los que intercambia los servicios en los que es puntera mundial (médicos, investigadores) por el petróleo que todavía consume hoy en día y otros bienes que necesita importar. Hoy en día, Cuba tiene un nivel de consumo energético en términos de toneladas de petróleo equivalente por persona de 1,03 muy inferior a la media mundial (1,80), muy por debajo de EE.UU. (el mayor de todos, con un 7,03) y también por debajo de los países de América Latina (1,80). Asimismo, presenta unos niveles de emisiones de CO2 en toneladas por persona de 2,40, también por debajo de la media mundial, EE.UU. y América Latina: 4,29, 16,0 y 2,16 respectivamente (International Energy Agency, 2011). El resultado es un ejemplo de cómo un país puede, incluso en una situación de carácter incidental, no anticipada, reducir su presión sobre el medio ambiente y acercarse al cumplimiento de los requisitos de sostenibilidad sin hacer sufrir sus niveles de desarrollo humano. De hecho, su Índice de Desarrollo Humano (IDH), con todos los problemas que supone este indicador como la inclusión del PIB per cápita, presenta un nivel superior al de su entorno (0,780 frente al 0,741 de América Latina y Caribe) y que, como muestra el gráfico inferior, ha persistido en su mejora desde que se llevó a cabo la transición (UNDP, 2013).


Fuente: UNDP, 2013

En definitiva, la última llamada para cambiar el modelo socioeconómico no es un llamamiento a volver a las cavernas, sino más bien todo lo contrario. Se trata de replantear y reconstruir los conceptos y modelos de desarrollo que imperan en el imaginario colectivo. Para ello probablemente no baste la concienciación, sino que más bien este cambio en las concepciones de las funciones que debe cumplir la economía deben venir de la propia experiencia de iniciativas surgidas a nivel local y apoyadas –manteniendo su autonomía– desde  las instituciones allá donde se pueda. Hay que entender el cubano como un caso de laboratorio en el que ya ha sido ensayada una transición que no ha de idealizarse, pues aunque desde luego sitúa a la isla en una posición ventajosa para afrontar shocks futuros,  fue incompleta, tiene sus limitaciones y en ella están resurgiendo con fuerza los patrones culturales de los viejos modos de producción y consumo (Muiño, 2014).



 

Referencias.


 

Bermejo, R. (2008). Un futuro sin petróleo. Colapsos y transformaciones socioeconómicas. Madrid: Centro de Investigación para la Paz.
Global Footprint Network. (s.f.). Obtenido de http://www.footprintnetwork.org/es/
International Energy Agency. (2010). World Energy Outlook 2010. Paris: IEA Publications.
Leakey, Richard y Lewin, Roger;. (2008). La sexta extinción. El futuro de la vida y de la humanidad. Barcelona: Tusquets.
Muiño, E. S. (2014). Obstáculos para la transición socio-ecológica: el caso de Cuba en el "período especial". Revista de Economía Crítica(17), 118-135.
Murphy, P. y Morgan, F. (2013). "Cuba: lecciones de un decrecimiento forzoso". En E. Assadourian, & T. Prugh, La situación del mundo en 2013. ¿Es aún posible lograr la sostenibilidad? (págs. 487-503). Barcelona: Icaria.
UNDP. (2013). Human Development Report. Explanatory Note on 2013 HDR composite indices. Nueva York: United Nations Development Program.